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Adiós

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Adiós.

Salvador y los Cordones Flojos


Ya lo sé, lo han dicho Buk y tantos otros, pero es en las horas muertas de los bares y cafés de la ciudad (mientras los demás trabajan), cuando se ven la tristeza, la desesperación, la falta de fé ahí sentadas, bebiendo lentamente esa cerveza que no termina, fumando el cigarrillo que se apaga tan lentamente como el brillo en los ojos de tantas almas hundidas en mares de tiempo, por el peso de la cotidianeidad.

Paseo inmoral


Aprovecho que el sol decide treparse al cielo por un rato largo y voy por las calles sin prisa: viejos que caminan lentamente, gente que se queda parada en los puntos críticos estorbando de una manera increíble; adolescentes gritonas y vestidas con harapos, adolescentes que escupen al piso y fuman queriendo pasar por malandros que no son, niños de 5 años todavía llevados en cochecito por sus padres, padres que gritan a sus hijos por la calle por ser niños. Y empiezo a juzgarlos inmisericordemente a todos, me concentro en sus imperfecciones con saña: muy gordo, muy flaca, ropa de prostituta, cara de tonto, etc. Y así un largo rato, hasta que veo mi reflejo en una ventana.







Mejor no hablar de ciertas cosas


De repente alzo la vista y me veo cara a cara con el espejo (ese cliché tan necesario) y pienso en lo que debería ser a estas alturas. Me peino como debería peinarme, corrijo mi postura, meto panza. Sonrío. Pongo cara de interesante. Vuelvo a sonreir. Luego me pongo la camisa, el traje, la corbata. Es un poco ridículo todo porque son las 11 de la noche y no voy a salir a ningún lado, sin embargo me visto con esmero. Cómo se alegrarían mis tías, mis padres, si me vieran así de elegante, de sonriente. De peinado. Me miro de perfil y de frente. Ya no soy el eterno adolescente, o mejor, el adolescente tardío, el 30 year old boy. Al peinarme y ponerme la corbata los años saltan a mí con furia, aparecen de debajo del suelo y se sienten cómodos en el lugar que les corresponde, disfrutando después de tantos años de encierro forzoso. Y empiezo a notar alguna cana, empiezo a ver que las arrugas no desaparecen, que surgen detestables pelos en la espalda. Y luego, por alguna razón, comienzo a pensar en dinero, en pagar las cuentas, en las cosas que me hacen falta: el carro, el t.v. de plasma, la loción de moda. En acabar con mi soledad y en formar una familia feliz para no morir solo. En que hay que guardar las apariencias. En que la culpa es de los demás. Todo muy así por el estilo, con seriedad y sobriedad y serenidad. Santidad. Soledad. Sol y edad. Y la vida se me va en estas cosas hasta que me vuelvo a enfrentar al espejo después de muchos años, y no puedo evitar contener las lágrimas al ver en lo que me convertí, en cómo me vendí y me transformé en alguien que no me gusta y que siente que todo fue un desperdicio porque dejó de hacer lo que quería, lo que le gustaba. En los últimos instantes antes de morir, con nostalgia, recordé que alguna vez fui feliz, y me arrepentí de lo que dejé de hacer. Y ya no pude hacer nada para remediarlo.



Los viejos vinagres


Las vidas pasan, y al llegar al punto teóricamente deseado se dan cuenta de que han sido malgastadas, totalmente domesticadas, y ahora que hay tiempo, están desorientadas, vacías de alegría y llenas de resentimiento bien cubierto, y entonces hay que desquitarse: con la pareja, con el árbitro, con los inmigrantes, con la vecina, con los adolescentes; el peso de saber que se es culpable totalmente de lo que se ha hecho con la propia vida es algo que muchas veces aplasta, algo que muchos no toleran, y lo lógico, lo que duele menos, es culpar a los demás por haberse convertido en eso que tanto odian, en haber pasado años obedeciendo sin recompensa (perros sin hueso), en quejarse y quejarse por otras cosas sin ver (sin querer ver) que cada uno es responsable de lo que ha hecho.




There is a light that never goes out


La soledad a veces devora lo que encuentra (a quien encuentra), muy despacio se toma el poder, y entonces viene la angustia, el miedo, la sensación de no estar (o de estar equivocado), la dependencia a lo que tengamos más a mano. Y a la soledad le gusta atacar a los más débiles: a los que no se soportan a sí mismos y que siempre buscan alguna compañía, a los que temen mirar hacia adentro porque saben que no les va a gustar lo que se van a encontrar, a los que se mienten tanto que terminan creyéndose sus propias mentiras para tratar de encajar en este teatro milenario.

Pero a veces, si uno la enfrenta, si la mira directamente a los ojos, sin temor, si uno le grita sin voz temblorosa, la soledad huye: nos habremos ganado a nosotros mismos. Y ya nunca estaremos solos otra vez, y eso es un buen comienzo.




Magia Veneno


Sentado cómodamente en la última silla del autobús, la que sirve para ver a toda la gente que se sube y que baja, una manera de pasar el tiempo en el monótono recorrido de paisaje sin sorpresas. Entonces veo a esta pareja tan joven, y me llega la sensación (es más, tengo la seguridad absoluta) de que ella le romperá el corazón. Probablemente sin intención pero inevitablemente lo destrozará: él va a sufrir como nunca antes, será un doloroso paso a la madurez. Y cambiará. Ella se sentirá mal por un lapso infinitamente menor que el de él. Tal vez lo olvidará entre la monotonía de las vidas vacías.
Ahora, sin embargo, lucen tan felices al frente mío, dándose besos cortos, tocándose levemente, sonriendo. Y yo no puedo decirles nada: quedaría como un loco interrumpirlos y decirles “disculpe, vea, esta mujer lo va a volver mierda, no sé cómo, pero es que tengo esa sensación, o mejor, esa impresión desde que los vi subirse; no me miren así, no es mi culpa, de hecho esto nunca me había pasado, pero es que no puedo dejar de advertirle lo que esta mujer va a hacer (no le digo que creo que será dentro de poco, eso lo preocuparía aún más), no es culpa de nadie viejo, esas cosas pasan, no es para que la odie ni mucho menos, en fin, esta es mi parada, me tengo que bajar” o algo así. Tal vez ni siquiera me pondrían atención, o me golpearían. O se reirían de mí, junto con todos los que me oigan hablarles así. Los miro disimuladamente, y siguen con sus sonrisas, sus besos cortos y sonrientes en medio de tanta gente que mira seria por las ventanas empañadas, que ya ha perdido la sonrisa y los besos. Decido dejarlos en paz y me bajo del autobús sintiendo un poco de lástima por aquel muchacho. Luego recuerdo mentalmente la lista de compras, y me dirijo al cajero automático. Hace frío, pero no tanto como ayer.

Seven nation army


“Nosotros, el enormísimo ejército de los maldormidos, los malfollados, los malcomidos, los permanentemente aburridos, los desesperados, los que ya no reímos sino ante la desgracia ajena, los que trabajamos todos los días en esta oficina tan pequeña que odiamos, los fanáticos de la t.v basura y de hacer lo que nos dijeron que hiciéramos; nosotros, a los que el miedo tiene de las pelotas pero no lo sabemos porque nos acostumbramos a que nos las agarren y bien fuerte; nosotros, a los que la rebeldía nos duró lo que se demoró en llegar el primer sueldo y se nos olvidó eso del amor y una vida libre (aunque ahora ni siquiera vale la pena pensarlo) pero lo compensamos con trajes a la moda para no pensar porque pensar duele, todos nosotros, vamos a caminar por esta tierra sólo para hacer dinero y así ser mejores que los demás, teniendo más cosas nos sentiremos mejores y productivos y útiles, y todos dirán qué exitosos somos por tener todo lo moderno, lo que no necesitamos y que todos envidian por alguna razón, y llevamos así por muchísimos años y seguiremos de igual manera porque condenamos al que se atreva a ser diferente, a pensar diferente, a criticar nuestra bienamada comodidad, lo aplastaremos porque somos mayoría y el que no está con nosotros pues está en nuestra contra, así de radicales somos, y nos gusta pensar que somos buenos, que tenemos la razón siempre, que la culpa de todo la tienen los otros, ellos, esos, los demás. Y tenemos al odio de nuestra parte, podemos odiar por cualquier cosa que queramos: si tienes más, si tienes menos, si sabes poco, por la forma del pelo, por el gusto musical, por el equipo favorito, por lo que sea, porque además así nos sentimos más fuertes, superiores. Así que debes temernos, porque vamos a juzgarte duramente si no eres de los nuestros, porque nosotros somos los buenos, siempre lo hemos sido.

Hemos dicho"


(en) la ciudad de la furia


Día extraño. Noche increíblemente corta. Al salir veo 2 tipos discutiendo, amenazándose. A mí me causa gracia, sólo se dicen groserías pero no pasan a la acción: uno dice: -baja y te muestro, gilipollas- y el otro -pues sube tú, maricón de mierda-. Fight club sin fight.
Si en verdad quisieran pelear cualquiera empezaría. Se reventarían los puños contra las narices, se romperían las bocas o alguna costilla. Pero sólo se la pasan vociferando, hasta el punto de que la gente que pasa no les presta atención. Me canso también y sigo mi camino en este amanecer frío. La indiferencia se ha vuelto casi una norma.




Lejos de la tristeza


Así, las rondas de la tristeza infinita me envuelven en sus cantos y sus manos húmedas, porque siempre saben atraerme hacia ellas. Y luego bailo y juego por un rato pero cada vez con menos intensidad, con menos ganas.